Hace dos años, viernes 25 octubre 2024
Las ventas están mejorando en esta recta final del año, y menos mal, porque la inversión en varias líneas editoriales nuevas nos está llevando al límite. La situación más complicada la tenemos con el manga, donde resulta especialmente difícil recuperar la inversión debido a los elevados costes de producción de cada título. Las propuestas de nuestra coordinadora no terminan de dar los resultados esperados y me temo que va a tocar ejercer de editor, tomar más las riendas y tirar de experiencia.
Sea como sea, y me guste o no, creo que, con el volumen de actividad que manejamos actualmente, necesitamos ampliar nuestra financiación bancaria. El problema es que los bancos están especialmente cerrados, y no parece que sea algo exclusivo de nuestra editorial, al menos por lo que he podido contrastar con otros amigos editores, distribuidores y libreros. Ya se sabe cómo funciona esto: los bancos están encantados de prestarte dinero cuando no lo necesitas, pero en cuanto huelen la más mínima necesidad, salen huyendo despavoridos. Triste paradoja.
Cambiando de tercio, el otro día, hablando con el autor Román López, me contó una anécdota que me hizo bastante gracia, aunque en el fondo tenga poca. Resulta que, en cierta ocasión, le propusieron realizar un trabajo para un ayuntamiento y, cuando ya llevaba una parte hecha, se le ocurrió preguntar cuánto iba a cobrar. La respuesta que recibió fue que debería sentirse afortunado por tener la oportunidad de publicar, que aquello ya era todo un honor.
Román me confesó que estas situaciones le dejaban un sabor amargo, porque tenía la sensación de que en este mundillo cobraba todo el mundo —imprentas, distribuidores, librerías, transportistas…— menos los dibujantes. A lo que yo, entre risas, le respondí que todavía podía ser peor: podía ser editor. Porque nosotros, en ocasiones, no solo no cobramos, sino que encima tenemos que pagar por publicar determinados libros que terminan siendo deficitarios.